El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sigue poniendo a prueba a los gobiernos de la región y a los organismos para la defensa de los derechos humanos. Pimero vino la represión de las marchas del doce y trece de febrero, con al menos tres estudiantes asesinados a los tiros y decenas de personas baleadas por el sólo hecho de manifestarse en la vía pública. Aún cuando Maduro reconoció dos días después que agentes del servicio de inteligencia del gobierno venezolano, Sebin, habían disparado munición viva durante la protesta, según él sin su consentimiento, semejante acto de violencia estatal se encontró con silencios cómplices y con reacciones tibias y tardías.
Envalentonado, Maduro redobló la apuesta en un discurso televisado desde el Palacio Miraflores, el 24 febrero . Ordenó públicamente a sus grupos de choque que levanten los cortes de ruta de manifestantes opositores. En sus palabras, “hay que apagar la candela”. Ordenar que se reprima la protesta social no parece muy progre que digamos. Pero mandar a patotas por televisión en vez de encomendarle la tarea a fuerzas policiales…ya daría la impresión de un plan sistemático para clandestinizar la violencia del Estado, lo cual suena mucho peor.
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Envalentonado, Maduro redobló la apuesta en un discurso televisado desde el Palacio Miraflores, el 24 febrero . Ordenó públicamente a sus grupos de choque que levanten los cortes de ruta de manifestantes opositores. En sus palabras, “hay que apagar la candela”. Ordenar que se reprima la protesta social no parece muy progre que digamos. Pero mandar a patotas por televisión en vez de encomendarle la tarea a fuerzas policiales…ya daría la impresión de un plan sistemático para clandestinizar la violencia del Estado, lo cual suena mucho peor.
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No por casualidad, desde entonces se suceden protestas cada vez más violentas en Venezuela. Esta semana, mientras la Guardia Nacional Bolivariana reprimía protestas con chorros de agua y disparos de balas de goma, dos de sus miembros fueron asesinados por paramilitares antichavistas. Ya lo aprendimos en la Argentina. La violencia estatal genera respuestas violentas en los grupos opositores más radicalizados, que a su vez sirven de excusa o justificativo para redoblar la violencia estatal, sobre todo la clandestina. Lo vivimos en la Argentina, lo denunciamos en Estados Unidos con el regreso de la tortura y otras maravillas de la Guerra al Terrorismo. Pero en Venezuela parece que no lo vemos.
Acá, otra vez hace falta explicitar que los derechos humanos son los que nos defienden en contra de los crímenes cometidos desde el Estado. Inspirados en la experiencia del nazismo, sus defensores parten de la premisa de que los crímenes cometidos al amparo del Estado son peores que los que cometen individuos o grupos particulares, ya que pueden llevar al exterminio de poblaciones a las cuales quienes controlan el Estado consideran que hay que eliminar. Las organizaciones de derechos humanos están para garantizar el derecho a la protesta, el derecho a la libertad de expresión y el derecho a la libertad de circulación. No para denunciar a los manifestantes, sino para defenderlos.
En cuanto a la defensa de la democracia, está bien que los organismos de derechos humanos se ocupen de eso, lo mismo que todas las organizaciones públicas, estatales y de la sociedad civil. Porque la democracia es de todos. Sin embargo, en Venezuela la defensa de la democracia se usó como una cortina de humo para tapar las violaciones a los derechos humanos. La prueba está en que las violaciones ocurrieron y no fueron debidamente denunciadas, mientras el golpe no ocurrió pero fue denunciado hasta el hartazgo.
Volviendo a la represión del 12 y 13 de febrero, el propio Maduro había admitido la responsabilidad del Estado venezolano. En un discurso desde el palacio presidencial dos días después, el mandatario había atribuido la culpa por lo ocurrido a un exceso de celo sus agentes civiles armados, en su afán por restaurar el orden público que las protestas estudiantiles habían alterado. “Ya están buscando a algunos que está comprobado que dispararon, presos tienen que ir, lo primero no tenían que estar ahí ni de broma y segundo armados menos y tercero disparando menos. Están detenidos los funcionarios públicos que usaron armas el 12-F. Los entregué. Si alguno está involucrado que pague con cárcel, los del Sebin que están ahí incumplieron la orden directa del director del Sebin de no salir a la calle y menos de armas," dijo entonces Maduro. O sea, apeló a la vieja excusa de los "excesos" pero confirmó lo que ya mostraban numerosos videos, fotos y testimonios: agentes civiles del gobierno disparándole a los manifestantes. Todavía no se sabe quiénes son esos "funcionarios públicos que usaron armas" y que Maduro "entregó". Ni donde están, ni a quién fueron entregados.
Sin embargo, esa semana Cristina Kirchner y los presidentes del ALBA se llenaron la boca con discursos de apoyo para “Nicolás”, ignorando la confesión pública de Maduro, sin mencionar ni una vez la palabra “derechos humanos.” Mientras tanto, la gran mayoría de los organismos de derechos humanos del país y la región guardaban silencio. Lo mismo que Dilma, Pepe Mujica y Bachelet. Hubo excepciones, claro. Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos se pronunciaron en tiempo y forma, denunciando el accionar de “civiles armados” en contra de los manifestantes, y poniendo a los derechos humanos al frente de sus preocupaciones. Pero de los tres organismos mencionados, el primero tiene sede en Londres, el segundo en Nueva York y el tercero en Washington.
De los organismos con sede en la Argentina, el primero en pronunciarse fue el Servicio de Paz y Justicia a través de un comunicado de su presidente Adolfo Pérez Ezquivel, premio Nobel de la Paz por su defensa de los derechos humanos durante la última dictadura. Fue el 22 de enero. Ya habían pasado diez días desde el comienzo de la represión, y ya habían hablado Cristina, Evo, Raúl Castro y Daniel Ortega en defensa de Maduro sin mencionar a los estudiantes baleados. “La solidaridad con el pueblo venezolano y su gobierno es un gran desafío para toda Nuestra América. Resulta preocupante y dolorosa la intensidad de la violencia desatada, provocando muertes, heridos y daños materiales” dice el comunicado. Después de culpar a Estados Unidos, a los medios de comunicación y a la oposición por la violencia, Pérez Esquivel reconoce que “se deben investigar las muertes de estudiantes en manos de encapuchados para que haya justicia por las víctimas.” En el noveno párrafo aparece una única mención a los “derechos humanos” aunque de manera genérica, sin referirse específicamente a Venezuela.
Dos días más tarde se pronunció la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Sin mencionar a la represión, la APDH también culpó a Estados Unidos, a los medios de comunicación y a la oposición por la violencia en Venezuela. Con un lógica difícil de entender, intentó explicar que su “esencia” como organismo de derechos humanos implica repudiar a manifestantes particulares por “neofascistas” y solidarizarse con las víctimas, pero sin denunciar a sus asesinos, los agentes estatales del Sebin. “En este marco, la APDH hace un llamado a prestar atención y condenar las señales neofascistas que se manifiestan en este intento que hoy sacude a Venezuela, como puede sacudir mañana a otros lugares de nuestro continente. Desde nuestra esencia como Organismo de Derechos Humanos, nos solidarizamos con el pueblo venezolano y especialmente con las familias que sufren el dolor de esa violencia que ya ha causado como mínimo 13 muertos y decenas de heridos.”
Al día siguiente, 25 de febrero, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) emitió un comunicado junto a más de cincuenta organismos de la región agrupados en la Coalición Internacional por los Derechos Humanos en las Américas. El comunicado denuncia “actos de violencia” en Venezuela. De manera insólita para un comunicado que representa a organismos de derechos humanos, el texto señala como primeros presuntos responsables de esa violencia a “participantes en las protestas.” Recién después de los manifestantes aparecen mencionados, otra vez en modo potencial, civiles armados y policías. “Ante este escenario, el Estado venezolano debe llevar a cabo investigaciones de oficio, independientes, imparciales y efectivas, para el esclarecimiento de los hechos violentos, independientemente si fueron perpetrados por participantes en las protestas, grupos armados civiles o si ocurrieron como consecuencia del uso excesivo de la fuerza por parte de funcionarios policiales o militares venezolanos.” El comunicado sigue con una serie de consejos para Maduro, escritos en tono casi amistoso, sobre cómo se deben respetar los derechos humanos, aún los de manifestantes enojados o violentos. “Es fundamental…que cualquier actuación para mantener el orden público se realice con pleno respeto a los derechos humanos,” concluye el texto. De los crímenes del Sebin admitidos por Maduro hacía ya diez días, ni una palabra.
Con menos sutileza se expresó la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Lo hizo a través de un comunicado leído el 27 de febrero, durante la tradicional ronda de los jueves, un día después de conocerse el texto de la coalición. El comunicado de las Madres lleva la firma de Hebe de Bonafini, presidenta de la agrupación. “Querido compañero, Maduro: como ves, el enemigo no descansa, pero nosotros tampoco. Desde Argentina, desde la casa de las Madres, desde nuestro corazón, te apoyamos. Lamentamos las muertes de los compañeros, lamentamos el intento de Golpe,” escribió.
A diferencia de la negación o la ambigüedad de los organismos de derechos humanos argentinos, una agrupación de reconocidos politólogos de este país llamada Club Político Argentino le puso nombre y apellido a las prácticas represivas del gobierno de Maduro. Su comunicado del 26 de febrero empieza así: “La violencia que sufre Venezuela no puede dejar impasibles a quienes creemos en el valor del respeto a los derechos humanos, la paz y el diálogo como componentes de la democracia y la convivencia. La oposición política y aquellos que disienten con el gobierno en ese país hermano, vienen siendo objeto de una agresión que no puede sino ser condenada y repudiada. Esa violencia está entrando en un camino de pérdida de vidas humanas, que nos lleva a exigir que se detenga y se inicie de inmediato un proceso de diálogo. Es imprescindible que las autoridades reviertan las prácticas que han llevado a esta situación y se persuadan de que la primera obligación de un gobernante es preservar la unidad y la armonía de su pueblo considerando que el respeto por los derechos humanos es un principio fundante. La dialéctica amigo/enemigo no debe justificar su violación.”
Ante las escasez de críticas y el éxito de su campaña de denuncia de un supuesto golpe que preparaba la oposición, Maduro fue por más. El 24 de febrero mandó a sus partidarios, en particular a las milicias armadas al amparo de su gobierno conocidas como “colectivos”, a romper por la fuerza los cortes de ruta que venían realizando manifestantes de la oposición. Lo hizo por televisión, en cadena nacional, con un lenguaje elíptico y coloquial, pero sin dejar dudas: “Así que quedan invitados. Es mucho trabajo, ¿verdad? Mucho trabajo porque algunos de ustedes están apagando candelitas allá, bueno, pero hay que tener equipo y bueno tener la capacidad desde aquí para lanzar el chorro de agua y apagar la candela cuando se prenda, esas candelitas como decía la negra Antonia, candelita que se prenda, candelita que se apaga. Así que bueno, eso nosotros lo estamos trabajando al detalle.”
Todavía faltaba que se pronuncien la OEA, el organismo multilateral interamericano con sede en Washington, y la Unasur, el espacio político que agrupa a las naciones sudamericanas.
Con respecto a la OEA, hay que reconocer que su secretario general José Miguel Insulza fue una de los primeros en exigir una investigación imparcial e independiente de los sucesos del 12 y 13 de febrero. Pero como organismo, la OEA recién pudo reunirse para tratar el tema tres semanas después de los hechos. Lo hizo a pedido de Panamá. Maduro se tomó el pedido panameño como una traición porque quería que antes se pronunciaran los cancilleres de la Unasur, quienes conforman un ámbito supuestamente más amistoso, para marcarle la cancha a los estadounidenses. Pero como los cancilleres sudamericanos no se ponían de acuerdo, la OEA avanzó. A causa de la convocatoria Venezuela rompió relaciones diplomáticas con Panamá. Al hacerlo Maduro declaró que el presidente panameño Ricardo Martinelli, además de traidor, era un coimero. El siete de marzo, tras 18 horas de tortuosas negociaciones, el Consejo Permanente de la OEA aprobó un texto que apoya al diálogo convocado por el gobierno venezolano , sostiene el principio de no intervención y llama a “todos los sectores” a frenar la violencia y respetar los derechos humanos. Para diluir aún más la responsabilidad del Estado venezolano por la represión, la resolución de la OEA mezcla derechos humanos con derechos universales básicos, como el de acceso a servicios de salud y de educación. “(El Consejo señala) su más enérgico rechazo a toda forma de violencia e intolerancia, y hace un llamado a todos los sectores a la paz, a la tranquilidad y al respeto a los derechos humanos y libertades fundamentales, incluyendo los derechos a la libertad de expresión y reunión pacífica, circulación, salud y educación,” dice el comunicado en su párrafo más incisivo. Por considerarlo insuficiente, Estados Unidos, Panamá y Canadá votaron en contra de la resolución, contra 29 votos positivos.
A pesar de los esfuerzos del gobierno venezolano, incluyendo una gira sudamericana de su canciller Elías Jaua, los cancilleres de Unasur recién se reunieron para tratar la crisis venezolana el 13 de marzo, un mes después de la represión y una semana después del pronunciamiento de la OEA, aprovechando la asunción de Michelle Bachelet en Santiago de Chile. Antes, el 16 de febrero, la presidencia pro tempore del organismo a cargo de Surinam había emitido un escueto comunicado de cuatro oraciones denunciando un intento golpista en Venezuela y omitiendo cualquier referencia a los derechos humanos. “Los Estados Miembros de Unasur manifiestan su firme rechazo a los recientes actos violentos en la República Bolivariana de Venezuela y al intento de desestabilizar el orden democrático constituido legítimamente por el voto popular,” decía el comunicado.
En Chile las cosas fueron diferentes. Jaua consiguió el respaldo unánime a la continuidad democrática que buscaba, sin injerencias de Estados Unidos y sus aliados norte- y centro-americanos en la redacción de la resolución. Pero a cambio los representantes de Chile, Perú y Brasil exigieron que el texto le dedicara un considerando a la defensa de los derechos humanos. La propia Bachelet lo aclaró cuando le preguntaron en conferencia de prensa por la supuesta omisión de la palabra “derechos humanos” en la resolución de Unasur. “Léala bien,” contestó, segura, la presidenta, consciente de las instrucciones que le había dado a su canciller, Heraldo Muñoz. En efecto, el periodista había confundido el comunicado del 16 de febrero con la resolución del 13 de marzo. En la resolución la frase aparece, tibia, en el segundo párrafo. Al igual que el texto de la OEA, el de los cancilleres sudamericanos enreda “salud y educación” con libertades individuales. Pero a diferencia de aquél, la demanda de respeto a los derechos humanos se refiere a la región en general y no a un país en particular. Sin embargo, los cancilleres no se habían reunido en Chile para hablar de salud y educación en América latina, sino de violencia, democracia y derechos humanos en Venezuela..
La resolución 2014 de la Unasur, en su segundo considerando, dice lo siguiente: “Ratificando el respeto a los Derechos Humanos y a las libertades fundamentales, incluyendo la libertad de expresión y reunión pacífica, circulación y libre tránsito, salud y educación, como condiciones esenciales al desarrollo del proceso de integración suramericana...” En la parte resolutiva del texto, los cancilleres acordaron enviar una delegación a Venezuela para "acompañar" a Maduro en la búsqueda de un diálogo político con la oposición. La delegación venezolana festejó el leve y tardío tirón de orejas de sus vecinos como un gran triunfo diplomático. "La Unasur ha salido fortalecida de este profundo debate sobre los valores políticos de la región," celebró Jaua.
La represión en Venezuela pone a prueba a los organismos de derechos humanos en la Argentina y las Américas. Si en vez de actuar como tales prefieren comportarse como organismos de defensa de gobiernos supuestamente revolucionarios o progresistas, convendría que se cambien el nombre para no confundirse ellos y para no perder credibilidad.
Las balas del Sebin también ponen a prueba a los gobiernos de la región. Si no pueden establecer un piso mínimo de respeto a los derechos humanos, difícilmente se podrán poner de acuerdo en temas menos importantes.